La Moda de Este Mundo · Capítulo 4
No améis al mundo
Todo gran edificio tiene un plano. Detrás de las paredes levantadas, de las ventanas abiertas a la calle, de la fachada que impresiona a quien pasa, existe un diseño antiguo, trazado a regla y compás, que decidió de antemano dónde iría cada cosa. Las paredes parecen haber nacido por sí solas, pero obedecen a un trazo invisible. La moda de este mundo también tiene su plano. Por más infinita que parezca su oferta —y se presenta como un mar sin fondo, un catálogo que nunca se agota, una vitrina que se renueva cada hora, un pasillo de puertas que no termina—, en el fondo el siglo construye todo sobre solo tres cimientos. Tres apetitos. Tres hambres del corazón humano que el esquema del mundo aprendió a despertar, a inflamar y a explotar. Quien ve el plano deja de perderse en los cuartos. Quien decora los pasillos uno a uno nunca llega al final; pero quien entiende el trazo que los sostiene ve la casa entera de una sola vez.
Fue un hombre muy anciano quien nos entregó ese plano. Juan, el discípulo amado, aquel que se había reclinado sobre el pecho de Jesús en la última cena, escribe ya al final de una larga vida, con la serenidad de quien vio nacer y morir imperios y modas, y nos advierte con la ternura grave de un padre: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no es del Padre, mas es del mundo. Y el mundo se pasa, y su concupiscencia; mas el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre" (1 Juan 2:15-17). En pocas líneas, el apóstol hace lo que ningún tratado haría mejor: diseccionó la mundanidad. La abrió como quien abre un cuerpo sobre la mesa y nombró cada órgano, sin prisa y sin miedo, para que aprendiéramos a reconocerla incluso cuando viene vestida de luz.
Y lo que encontró allí dentro no fue una lista interminable de pecados, sino una anatomía de tres miembros. La concupiscencia de la carne: el hambre del placer, el apetito por aquello que se siente, que se experimenta, que halaga los sentidos y promete saciedad en el instante inmediato. La concupiscencia de los ojos: el hambre de la posesión, el apetito por aquello que se tiene, que se acumula, que se exhibe —el deseo que entra por la vista y no descansa hasta convertir en propiedad lo que apenas admiró. Y la soberbia de la vida: el hambre del estatus, el apetito por aquello que se es a los ojos de los demás, la vanagloria de existir un escalón más arriba, de ser visto, citado, envidiado, recordado. Placer, posesión, estatus. Lo que siento, lo que tengo, lo que soy ante los demás. Toda la ingeniería del siglo reposa sobre esos tres pilares, y no conoce un cuarto. Nota lo que Juan se empeña en subrayar: esto "no es del Padre, mas es del mundo". No brota de la fuente; brota del esquema. No desciende del cielo; sube del molde en que el siglo funde a los hombres. No es el corazón que Dios diseñó, es el traje que la época nos vistió.
Conviene aquí una palabra honesta, para no caer en una trampa tan antigua como la fe misma. Juan no condena el cuerpo, ni los ojos, ni la vida —Dios los hizo, y al terminar la obra dijo que era buena. El placer no es pecado; el pan es don de Dios, y a Él se le agradece antes de partirlo. Tener no es pecado; la tierra y sus frutos son regalos generosos del Creador, que cubre los campos de flores que nadie sembró. Existir ante los demás no es pecado; fuimos hechos para la comunión, para el rostro que sonríe a nuestro encuentro. Lo que el apóstol desenmascara no es el objeto, es la concupiscencia —la palabra griega es epithymia, el deseo que se desborda del cauce, el apetito que se desgobierna, el hambre que deja de ser sierva y se hace señora. El pecado no está en el placer, está en amarlo más que al Padre. No está en la posesión, está en confiar en ella como si fuera un dios. No está en la vida, está en inclinarla ante el espejo de la propia gloria. Se ve, entonces, la astucia del mundo: no inventa apetitos nuevos, toma tres bendiciones legítimas, dadas por Dios para la alegría del hombre, y las tuerce en tres cadenas. Toma tres ventanas abiertas a la gracia y las transforma en tres muros que esconden el cielo. La mundanidad casi nunca es un no a Dios; es un sí desordenado a cosas buenas, un sí que creció hasta ocupar el trono.
Y aquí llegamos al corazón de este capítulo, al pasaje que desmonta el plano entero mostrándolo derrotado en un solo lugar y en un solo día. Justo después de oír desde el cielo "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento" (San Mateo 3:17), Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser allí tentado por el diablo (San Mateo 4:1). Es de notar que la tentación llega justo después de la voz del Padre: el adversario ataca la identidad en el instante mismo en que acaba de ser confirmada. Y ataca con tres propuestas —no cuatro, no diez, sino tres, las mismas tres que Juan había de nombrar, como si el esquema del mundo solo tuviera esas cartas en la baraja y estuviera condenado a repetirlas hasta el fin de los tiempos. La primera carta es el pan: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan" (San Mateo 4:3). Es la concupiscencia de la carne golpeando la puerta —el hambre legítima del cuerpo, que había ayunado cuarenta días, transformada en atajo, en placer arrancado fuera del tiempo y de la mano del Padre. "¿Tienes hambre? Sáciate ahora, a tu manera, con tu poder." Jesús responde con la Palabra, y solo con ella: "Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios" (San Mateo 4:4). Él no desprecia el pan —Él mismo multiplicaría panes para multitudes hambrientas. Se niega a adorarlo. Coloca el apetito en su lugar, por debajo de la boca de Dios, y no por encima de ella.
Vino entonces la segunda carta. El tentador lo lleva a la ciudad santa, al pináculo del templo, y lo desafía a lanzarse de allí abajo, citando incluso la Escritura: los ángeles te sostendrán, todos verán, todos sabrán quién eres (San Mateo 4:5-6). He aquí la soberbia de la vida: el hambre de aparecer, de demostrar, de montar un espectáculo que arranque el aplauso de la ciudad entera reunida en el templo. Es el apetito del estatus disfrazado de fe. Y Jesús responde de nuevo con la Palabra: "Escrito está además: No tentarás al Señor tu Dios" (San Mateo 4:7). Se niega a convertir la confianza en vitrina, la filiación en actuación, la gracia en escenario. Por último, la tercera carta, la más amplia de todas: el diablo lo lleva a un monte muy alto y le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: "Todo esto te daré, si postrado me adorares" (San Mateo 4:8-9). Aquí está la concupiscencia de los ojos en su punto más alto: la posesión de todo lo que alcanza la vista, todos los reinos, toda la tierra, toda la riqueza, en un único y fácil gesto de rodillas. Es la oferta que el siglo le repite a cada uno de nosotros en menor escala: mira todo lo que puede ser tuyo; basta un pequeño acto de adoración en el altar equivocado, una genuflexión discreta ante el dios de este siglo. Y por tercera vez la respuesta llega con la Palabra: "Vete, Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás" (San Mateo 4:10). El plano entero del mundo se deshace ante un corazón que ya tiene a quién adorar. Quien tiene al Padre no está en venta. No hay reino que se le pueda comprar a quien ya es ciudadano de otro.
Fíjate en el arma con que el Señor venció las tres tentaciones. No fue la fuerza, no fue el argumento ingenioso, no fue la negociación. Fue siempre la misma frase, levantada tres veces como escudo: "Escrito está". Donde el mundo ofrecía placer, estatus y posesión, Jesús respondía con la Palabra que sale de la boca de Dios, y ante ella el tentador no tenía réplica. Allí se cumplió, en persona, lo que el Salmo había dicho mucho antes: "En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti" (Salmos 119:11). Y es precisamente esto lo que debemos guardar como lección central de este capítulo: la renovación del entendimiento —esa metamorfosis interior a la que Pablo nos llama, el transformarnos por la renovación de la mente en lugar de conformarnos a este mundo (Romanos 12:2)— no es heroísmo de la voluntad ni rigidez de reglas. Es la mente saturada de la Palabra hasta el punto de reconocer el plano del enemigo en el instante en que se presenta. Quien lleva la Escritura escondida en el corazón no necesita decidir, en el calor del momento, si cede o resiste: la hora llega y el corazón ya lo sabe. El desierto nos enseña que la mundanidad no se vence por fuera, rechazando objetos uno a uno en una lista interminable de prohibiciones; se vence por dentro, con un corazón ya habitado por la Palabra y por eso ya entregado a quien le pertenece. El mundo ciega (2 Corintios 4:4); la Palabra escondida en el corazón devuelve la vista.
Por eso este es un capítulo que abre puertas —un mapa, más que un destino. Habiéndonos dado Juan la anatomía y Jesús mostrado la victoria, los capítulos que siguen bajan a los tres cuartos, uno a uno, para enfrentarlos de cerca, con la calma que cada uno merece. El apetito de la posesión —la concupiscencia de los ojos, el hambre de tener y acumular— será confrontado más adelante con la palabra de Jesús sobre Mamón y sobre las aves del cielo y los lirios del campo, allí donde el Reino invierte toda la lógica de la seguridad: no podéis servir a Dios y a las riquezas; buscad primero el Reino. El apetito del estatus —la soberbia de la vida, el hambre de subir, de mandar, de ser servido y admirado— será confrontado con la palabra de Jesús que voltea al revés la escalera del mundo: entre vosotros no será así; el que quiera ser grande, que se haga siervo; el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir. Y bajo ambos, más hondo que los dos, está la raíz de todo: el yo que quiere preservarse a cualquier costo, la concupiscencia de la carne en su forma más íntima y más terca, el instinto de salvar la propia vida elevado a la categoría de ley suprema. Esa raíz será arrancada con la palabra más grave de todas: el que quiera salvar su vida, la perderá; tome su cruz, y sígame. Cada apetito tendrá su confrontación. Cada hambre del siglo encontrará, a su tiempo, su respuesta en el Cordero que venció en el desierto. Lo que aquí es plano, allá será edificio; lo que aquí es mapa, allá será camino recorrido a pie.
Por ahora, quedémonos con el plano ante los ojos, porque verlo ya es la mitad del camino de la libertad. Cuando llegue la próxima oferta del mundo —y llega disfrazada de mil maneras, en el panel que se desplaza sin fin y nunca dice "ya basta", en la vitrina iluminada que hace señas en la esquina, en la voz suave que susurra "te lo mereces", o "lo necesitas", o "mira cómo combinaría esto contigo", o "imagina qué pensarían de ti"—, haz una sola pregunta, y hazla con calma: ¿a cuál de los tres apetitos está cortejando esta oferta? ¿Es la carne, que quiere placer ahora, antes de tiempo, a mi manera? ¿Son los ojos, que quieren posesión, y más posesión, y la posesión siguiente que hará pequeña la de hoy? ¿Es la soberbia, que quiere un escalón más en la escalera interminable de ser visto y envidiado? Casi siempre será uno de los tres, o los tres entrelazados en una sola cuerda, porque el siglo no tiene otro plano ni inventó apetito que no quepa en esas tres gavetas. Y quien reconoce el plano deja de ser arrastrado por él sin darse cuenta. La tentación pierde la mitad de su fuerza en el momento en que deja de ser seducción muda y pasa a ser diagnóstico con nombre. Lo que tiene nombre se enfrenta; lo que no tiene nombre nos gobierna por dentro, vestido de deseo nuestro.
No nos engañemos, sin embargo, pensando que basta reconocer para ya estar libres. El desierto de Jesús duró cuarenta días, y el texto advierte que, terminada la tentación, el diablo se apartó de él por un tiempo (Lucas 4:13), es decir, volvería. Las tres hambres no se vencen en una sola batalla; regresan al ataque con cara nueva, en fases nuevas de la vida. La carne que en un tiempo pedía una cosa, en otro pedirá otra; la posesión que a los veinte años soñaba con el primer bien, a los sesenta soñará con la seguridad y la comodidad del final; la soberbia que en la juventud quiere aplauso, en la madurez quiere respeto, y en la vejez quiere ser recordada. El traje cambia de corte según la estación, pero el plano por debajo es siempre el mismo. Por eso la Palabra escondida en el corazón no es arma de un solo día; es provisión para todo el camino, pan que se come de nuevo cada amanecer. Reconocer el plano es el comienzo; volver a la Palabra ante cada nueva oferta es la caminata. Y no se trata de vivir en sospecha amarga de toda cosa buena, contrayendo el alma, con miedo de respirar. Se trata de vivir con el corazón tan lleno del Padre que las tres hambres del mundo, puestas al lado de la plenitud que ya se tiene, pierdan el brillo artificial con que se anuncian. Quien está saciado en la fuente no corre detrás de cisternas rotas (Jeremías 2:13).
Hay, sin embargo, una palabra de Juan que necesitamos guardar como brasa viva en el pecho, porque es ella la que da urgencia a todo lo que hemos dicho: "el mundo se pasa, y su concupiscencia" (1 Juan 2:17). El plano entero está levantado sobre arena. El placer pasa, y deja tras de sí un hambre mayor que la de antes, pidiendo la próxima dosis. La posesión pasa, y lo que se acumuló o se oxida en las manos del dueño, o se dispersa en las manos de los herederos, o simplemente envejece y pierde el brillo que lo hacía deseable. El estatus pasa, y los nombres más celebrados de una generación se vuelven polvo de archivo en la generación siguiente, recordados por nadie. Todo lo que el mundo ofrece trae dentro de sí, grabada en letra pequeña, la fecha de su propio vencimiento. He aquí el engaño del siglo en su forma más cruda: cobra el precio de lo eterno por una mercancía que es desechable; vende lo que se va a pudrir como si fuera lo que dura. Y justo al lado de esa frase de muerte, en el mismo aliento, Juan pone la frase de vida: "mas el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre". He aquí el contraste que decide una existencia entera: lo que pasa contra lo que permanece, la moda contra la Palabra, la arena contra la Roca. La apariencia de este mundo se pasa (1 Corintios 7:31); lo que se hizo en la voluntad de Dios no pasará jamás.
Y aquí está el nudo que este capítulo necesita apretar, la verdad simple y cortante que sostiene todo lo que vendrá. Cuando Juan dice "si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él", no está haciendo aritmética de pecados, sumando faltas y restando méritos. Está describiendo la física del corazón. El corazón humano es una sola brújula, y la brújula solo apunta hacia un norte a la vez. No se trata de amar al Padre y amar al mundo al mismo tiempo, repartiendo el afecto, un poco para cada lado, como quien reparte el pan; se trata de dos direcciones opuestas que el mismo corazón no puede tomar juntas. Amar al mundo es volverse hacia lo que pasa. Amar al Padre es volverse hacia lo que permanece. Son dos sentidos contrarios de un mismo camino; a cada paso, o nos acercamos a uno, o nos acercamos al otro, y no hay un tercer rumbo. Nadie camina hacia el norte y hacia el sur en el mismo paso. Por eso pudo decir el Señor que donde esté nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón: "Porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón" (San Mateo 6:21), no porque el corazón elija fríamente un tesoro, sino porque el corazón sigue a su tesoro, se vuelve entero y sin reservas hacia donde apunta su amor. Dime hacia dónde huye tu pensamiento cuando el día afloja, y te diré cuál es tu dios.
Entonces la pregunta que este capítulo te deja no es "¿cuánto del mundo puedo amar sin ofender a Dios?" —esa es la pregunta de quien todavía no ha visto el plano, de quien todavía mide el pecado por metros y quiere saber hasta dónde puede llegar. La pregunta verdadera es otra, más simple y por eso más terrible: ¿hacia dónde está vuelto tu corazón? No lo que dices amar con los labios, sino hacia dónde te inclinas cuando nadie te ve; lo que te quita el sueño en la madrugada; lo que te da o te roba la identidad; lo que de verdad te consuela en la hora de la pérdida. Placer, posesión, estatus —o el Padre. Las dos direcciones están delante de ti como siempre estuvieron, y el mismo corazón no toma las dos. El siglo pasa, y se lleva consigo, sin devolver, todo lo que prometió. El Padre permanece, y guarda para siempre a quien se volvió hacia Él. Que la Palabra escondida en el corazón, como estuvo en el de Cristo en el desierto, nos haga reconocer la moda de este mundo por lo que es —tres hambres que no sacian, levantadas sobre lo que ya está condenado a pasar— y que, al reconocerla sin miedo, podamos por fin voltear la brújula entera, sin reservar ningún grado para el sur, hacia el único Norte que no se mueve.