La Moda de Este Mundo · Capítulo 11
Epílogo — La renovación del entendimiento
Llegamos al final del libro, pero no al final del camino. Los libros terminan; la renovación del entendimiento, no. Es obra de toda una vida, paciente como el amanecer, que no llega de un salto sino por una claridad que crece sin que uno perciba la hora exacta en que la noche se volvió día. Si usted recorrió estas páginas y en algún momento se sintió desvestido del figurín del siglo, o al menos incomodado por él, entonces el libro ya hizo lo que podía hacer. El resto no se hace en un libro. Se hace de rodillas, se hace en la calle, se hace en las mil pequeñas decisiones de una semana común.
Recojamos, entonces, el hilo que cosió todo. Existe una moda — un esquema, un molde, un figurín que la época viste y ofrece como si fuera la propia realidad. Detrás de ella hay un espíritu, el dios de este siglo, que ciega para vender la oscuridad como progreso. Ese orden promete placer, posesión y estatus, y los tres pasan. Promete grandeza por el dominio, y Jesús la desmonta con la toalla y la palangana. Promete la vida por la autopreservación, y Jesús muestra que la vida solo se encuentra cuando se suelta. Promete sabiduría, y tropieza en la locura de la cruz. Y al final, después de tanto prometer, pasa — porque "la apariencia de este mundo se pasa" (1 Corintios 7:31), y solo permanece el Reino de Aquel que dijo que "el cielo y la tierra pasarán", mas Sus palabras no pasarán (Mateo 24:35).
Ante todo esto, resuena todavía el verbo que fue la columna vertebral de este libro: "no os conforméis á este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento" (Romanos 12:2). Fíjese que Pablo no nos manda huir del mundo. No dice "salid", dice "no os conforméis". Y no dice "pórtense mejor", dice "reformaos". La diferencia es todo. El conformismo cambia la ropa de afuera y deja el alma intacta. La transformación cambia el alma, y la vida viene detrás como el fruto viene detrás de la raíz. Por eso la batalla no se libra en la superficie de los hábitos, sino en la renovación de la mente — en ese lugar escondido donde se decide lo que amamos, lo que tememos, lo que llamamos obvio.
Y aquí está la buena nueva con que se cierra el libro: usted no está solo en esta renovación, ni es su obrero principal. La mente no se renueva a sí misma solo con esfuerzo; se renueva cuando se expone, día tras día, a la luz de Aquel que es la Luz del mundo (Juan 8:12). Se renueva en la oración que no tiene prisa. Se renueva en la Escritura leída no para ganar discusiones, sino para ser lavado por dentro. Se renueva en la comunión de los que también se están quitando el figurín, en la mesa compartida, en el perdón concedido, en el servicio que nadie ve. La gracia hace el trabajo profundo; a nosotros nos toca ofrecerle el corazón abierto y volver a ofrecerlo mañana, y pasado mañana, todas las veces que volvamos a sorprendernos vistiendo de nuevo el viejo traje.
Ahora vuelva al mundo. Era para eso, después de todo. Jesús oró por los suyos así: "no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal" (Juan 17:15). Usted no fue llamado a un monasterio de miedo, sino a una ciudad de paso, para vivir en ella como extranjero de buen ánimo — dentro del siglo, sin pertenecer al siglo. Vuelva al trabajo, a la familia, al barrio, a la vitrina que seguirá encendida y al feed que no va a parar. Pero vuelva con otros ojos. Vuelva con la mente que está siendo renovada. Vuelva sabiendo que la moda pasa y la Palabra permanece, y que construir sobre esa Roca es lo único que no se derrumba cuando vienen las lluvias.
Que su vida en el siglo sea, entonces, un discreto testimonio de otro Reino. No por la aspereza de quien condena, sino por la ligereza de quien fue liberado. Que donde el mundo acumula, usted confíe; donde el mundo asciende, usted sirva; donde el mundo se salva a sí mismo, usted se entregue; donde el mundo se jacta de su astucia, usted calle con humildad ante la cruz. No para ser admirado, sino porque así es como se respira el aire de casa.
Y recibamos, para terminar, esta palabra como bendición y como oración.
Padre de toda luz, abre nuestros ojos a la moda invisible que todavía nos viste, y desnúdanos con mansedumbre de todo lo que no viene de Ti. No nos saques del mundo, pero guárdanos del mal; haz de nosotros extranjeros serenos en el siglo, ciudadanos de Tu Reino. Renueva nuestro entendimiento, Señor, allí donde ni nosotros mismos alcanzamos: en la raíz de nuestros deseos, en el fondo de nuestros miedos, en el suelo escondido donde nacen nuestras decisiones. Danos amar lo que Tú amas y soltar lo que pasa. Confórmanos no a este mundo, sino a la imagen de Tu Hijo, hasta que la metamorfosis esté consumada y seamos, por fin, enteramente Tuyos.
Y que la paz de Aquel que venció al mundo guarde tu corazón y tu entendimiento, ahora y en todos tus días. A Él, que puede hacer infinitamente más de todo cuanto pedimos o pensamos, sea la gloria para siempre. Amén.