Cartas al Cielo · Capítulo 2
El Hombre de la Sacristía
Tomás llegó a São Bento da Serra un viernes por la mañana, dentro de una camioneta vieja que ya lo había llevado, a lo largo de los últimos quince años, a trece capillas, dos iglesias matrices y un seminario cerrado. En el asiento del pasajero iba la caja de madera con las herramientas que él cuidaba como otros hombres cuidan a un perro: la escuadra de acero que había sido de su padre, los formones pequeños para tallar piedra, la cuchara de albañil que ya había cambiado tres veces pero que seguía llamando por el mismo nombre íntimo de siempre. No confiaba en herramienta de obra ajena.
Atrás, en la caja de la camioneta, bajo la lona, dos bolsos de ropa, un colchón enrollado y una caja de cartón cerrada con cinta marrón, donde descansaban —y él era el único en el mundo que lo sabía— una ropita amarilla de bebé, un vestido azul claro de mujer doblado en cuatro, y un libro de oraciones de tapa negra que no abría desde hacía tanto tiempo que tenía miedo de que, al abrirlo, el polvo respirara de vuelta.
Tenía cuarenta y siete años. El cabello, antes negro, era ahora gris en la parte de arriba y blanco en las sienes. Los hombros anchos de quien pasó la vida levantando bolsas de cemento estaban un centímetro más caídos que a los treinta, pero las manos eran las mismas: grandes, huesudas, con una cicatriz fina en el dorso de la derecha, recuerdo de un andamio mal clavado en 2018. Las manos eran lo mejor que tenía para ofrecer. Antes había tenido otras cosas. Pero eso fue hace tiempo.
La diócesis necesitaba un albañil restaurador, y la empresa constructora para la que Tomás trabajaba por contrato lo había mandado allá con un contrato de ocho meses, prorrogable. Capilla pequeña, en lo alto de un cerro, fuera de uso desde hacía cuarenta años. Dom Estêvão, el obispo, la quería en pie a tiempo para las celebraciones de los ciento treinta años del pueblo, en mayo. Tomás aceptó sin leer una sola línea del contrato —ya no leía esas cosas—, solo fue a la última página y firmó.
Estacionó frente a la iglesia matriz. Bajó. Se acomodó la gorra.
La matriz era una de esas iglesias serranas de mediados del siglo diecinueve, con una sola torre y fachada color leche sucia. La puerta estaba entreabierta. De adentro venía el olor húmedo a cera derretida y madera encerada, y ese silencio de ángulos propios que solo se encuentra en una iglesia vacía a pleno mediodía. Tomás respiró por la nariz, despacio. El olor entró en él como entra en el pulmón de un fumador el olor a tabaco que ya no se fuma. Reconocible. Inofensivo.
Antes de subir los tres escalones, vio al padre.
El padre Inácio había aparecido por la puerta lateral de la sacristía y estaba parado en el umbral como un hombre que sabía desde hacía horas que el albañil llegaría. Era bajo, de barba blanca recortada corta, y tenía los ojos gris azulado de quien nació en las sierras. Sonrió sin mostrar los dientes. Extendió la mano.
—¿Don Tomás? Me avisaron de la empresa de Fray Bento. Inácio.
—Tomás Vieira. Buenos días, padre.
La mano del padre era pequeña, callosa, firme. Apretó y soltó rápido, como quien sabe que a un hombre de obra no le gusta el apretón largo. Tomás se lo agradeció por dentro. Ese detallito mínimo, el apretón corto, hizo que decidiera, en un lugar de sí mismo que ya no consultaba conscientemente desde hacía mucho tiempo, que el padre era buena gente.
—¿Vino directo de la ciudad? —preguntó el padre, haciendo un gesto para que entrara por la puerta lateral.
—De Belo Horizonte. Doce horas, parando una vez.
—Qué cosa. Y no se está cayendo de cansancio.
—Sí, me estoy cayendo. Pero duermo bien en colchoneta.
El padre rio —una risita corta, sorprendida. Era un hombre que todavía se sorprendía con las bromitas de albañil. Tomás también registró eso. Atravesaron la iglesia por dentro, pasando entre los bancos del lado derecho, bajo el silencio de ángulos propios. El padre se detuvo junto al altar lateral, le dio la espalda al santísimo y miró a Tomás de arriba abajo sin disimular, con la dulzura sin ceremonias de los viejos que ya no tienen tiempo que perder.
—Usted es más joven de lo que imaginé —dijo—. La diócesis dijo "restaurador experimentado" y yo ya estaba esperando a algún viejo con bastón.
—Todavía tengo la pierna buena, padre.
—Ya veo que sí. ¿Y la fe, cómo anda?
La pregunta llegó sin aviso, tan tranquila, tan suavemente insertada en la conversación, que Tomás tardó un segundo en entender que había sido hecha en serio. Miró al padre. El padre lo miraba de vuelta, sin ningún reclamo. Era una pregunta de un hombre que ya estaba preparado para la respuesta que fuera, incluida ninguna.
—Yo vine a restaurar piedra, padre. No alma.
—Perfecto —dijo el padre, satisfecho como si Tomás hubiera acertado una adivinanza—. Yo me ocupo del alma. Usted se ocupa de la piedra. Nos vamos a llevar bien.
Y fue eso. No hablaron más del tema.
La sacristía quedaba al fondo, detrás del altar mayor. Sala cuadrada, techo alto, paredes pintadas de un crema amarillento por el humo de las velas, armario de madera oscura lleno de paramentos. En un rincón, separado por una cortina de algodón estampada con florecitas, estaba el cuartito. Cama plegable con colchoneta delgada, una mesa de cedro tosca arrimada a la pared, una ventana alta con vidrio esmerilado que daba al patio de atrás. El padre dijo que había un baño del otro lado, junto a la despensa, y que el desayuno lo hacía siempre a las seis y media para los dos.
Tomás dejó las maletas en el suelo. Se sentó al borde de la cama plegable. La cama crujió. Hubo dentro de él una reorganización silenciosa, casi administrativa: aquí voy a vivir ocho meses. Era la centésima vez en la vida que se decía eso a sí mismo dentro de un cuarto nuevo. La primera había sido a los veintiséis años, al entrar con Helena en un departamento alquilado de dos habitaciones en Belo Horizonte. Helena se había reído mucho ese día. Dijo que la lámpara de techo era horrible. Habían pasado tres días pintando la sala de azul claro porque a Helena le gustaba eso.
Tomás parpadeó. El cuartito de la sacristía volvió. La ventana alta de vidrio esmerilado. El armario de paramentos. El olor a cera.
Se quitó la gorra. Fue a lavarse la cara.
Por la tarde, después del sándwich de mortadela comido de pie en la despensa, subieron juntos el cerro.
El padre caminaba despacio por la rodilla mala, pero hablaba sin quejarse. Fue contando cosas pequeñas: que la calle empedrada había sido pavimentada en 1947, que el cementerio antiguo quedaba detrás de la curva, que la capilla se llamaba San Lázaro porque el santo se le había aparecido en sueños a un beato hacendado de la región a fines del siglo XIX, y el hombre, en pago, había construido la capilla donde había visto al santo en el sueño. ¿El padre creía en esa historia? preguntó Tomás, más por costumbre que por curiosidad. El padre le sonrió al pasto.
—Creo en todo sueño de hacendado, don Tomás. De ahí viene la mitad de nuestras parroquias.
La capilla apareció en la última curva como una forma blanca encogida entre eucaliptos. Tomás se detuvo a mirar desde lejos. Su ojo de restaurador ya estaba trabajando antes de que el cerebro se lo pidiera: techo hundido en tres puntos de la cumbrera, canaletas inexistentes, argamasa desmoronándose en el rincón derecho de la fachada, portal de madera con filtraciones en el umbral, campana ausente, una única ventana en el lateral oeste, con el vidrio roto. Alrededor, un descampado de pasto crecido. Atrás, una pared encalada llena de marcas de lluvia escurrida y, en el centro, tres grietas grandes donde el ladrillo asomaba oscuro.
No dijo nada por un rato. El padre tampoco. Se quedaron los dos ahí, al borde del descampado, como dos hombres frente a un animal viejo dormido.
—Está peor de lo que me van a pagar —dijo Tomás por fin, sin alegría.
—Siempre está —dijo el padre.
Rio. Tomás no rio, pero su boca hizo ese gesto relajado en la comisura que en él equivalía a una risa. Atravesaron el pasto.
El padre tenía la llave del candado en un llavero prendido a la sotana. Forzó un poco, logró abrirlo. La puerta de madera gimió. De adentro venía un olor oscuro, antiguo, a polvo y a moho, y a algo más que Tomás reconoció por reflejo profesional: olor a lluvia filtrada en ladrillo de barro. Años de eso. Él entró primero, instintivamente, costumbre de quien entra a la obra antes que el dueño.
En la penumbra, vio lo que esperaba ver. Un espacio pequeño, quizás unos diez metros de largo, techo alto, siete bancos podridos del lado derecho, tres del lado izquierdo, un coro de madera allá arriba —peligrosamente inclinado—, el altar simple al fondo, con un candelabro de hierro caído, y detrás del altar, sobre un pedestal de yeso ya descascarado, la imagen de San Lázaro resucitado. El santo tenía la faja blanca del sudario cayendo del hombro derecho y la mano derecha levantada en un gesto que tal vez quisiera decir paz pero que, con la pintura gastada de la piel del rostro, ahora parecía más la mano de alguien pidiendo permiso para hablar. Los ojos eran dos puntos negros anchos. Miraban hacia la puerta con una fijeza tranquila de quien esperó décadas, y que por lo tanto ahora podía esperar un poco más.
Tomás miró al santo un instante. El santo lo miró de vuelta.
—Buenas tardes —dijo Tomás, sin ironía pero sin fe.
El padre, detrás de él, rio bajito. —Es buena gente. No habla mucho.
Tomás empezó el inventario sin necesidad de pedir cuaderno. Los dedos de la mano derecha marcaban los puntos mientras caminaba: pared oeste, pared norte, coro, altar, pedestal, techo por dentro (luz entrando por cuatro puntos de la cumbrera), portal, umbral, y por último la pared del fondo. Fue a mirar de cerca las tres grietas: por el lado de adentro, el ladrillo aparecía en rectángulos irregulares, con argamasa desmenuzada en el suelo formando tres montoncitos pequeños. Se agachó. Desmenuzó un poco de argamasa entre los dedos. Vieja. Cal mezclada con arena de barranco, de fines del siglo XIX o principios del XX, sin cemento. La reconoció de inmediato.
—Al menos la estructura sigue en pie —dijo el padre, desde el medio de la capilla.
—Sí. Las paredes maestras aguantan. El techo está perdido. Voy a tener que abrir todo y rehacerlo. Marcos nuevos. Restaurar la imagen por fuera; por dentro el yeso todavía está bien, ya veo. Toda la argamasa de la pared del fondo. La cal de la fachada la voy a raspar y rehacer.
—¿Cuánto tiempo?
—Ocho meses si el clima ayuda. Diez si llueve mucho.
—Va a llover mucho —dijo el padre, sin dramatizar.
Tomás rio, esta vez rio de verdad, un soplido corto por la nariz. —Ya veremos.
El padre se quedó mirándolo con esos ojos gris azulado, y Tomás supo, sin necesidad de explicación, que estaba siendo medido, no como albañil, sino como hombre. El padre lo estaba colocando en un cajón interno donde también guardaba a otras personas, y era el cajón de las personas en quienes se podía confiar, incluso las que habían renunciado a muchas cosas. A Tomás no le importó. Lo habían puesto en cajones peores.
El padre encendió una vela de bolsillo y fue hasta el pedestal a prender el candelabro caído, tal vez por hábito litúrgico, tal vez por gentileza con el santo abandonado. La llamita tembló. Lanzó contra la pared del fondo una sombra que bailó rapidísimo en los rectángulos de las tres grietas, como si la luz hubiera encontrado, por medio segundo, algo que iluminar dentro del ladrillo, y hubiera desistido enseguida.
Tomás volvió a mirar las grietas, sin saber por qué.
Volvieron a quedar oscuras. No había nada ahí. Estaba el ladrillo. Estaba el viento mansito que entraba por ellas y atravesaba la capilla en un hilo.
—¿Vamos? —dijo el padre.
—Vamos.
Salieron. El padre cerró el candado de nuevo, más por costumbre que por convicción. Bajaron el cerro despacio.
En la sacristía, después de la cena breve que se preparó en la despensa —pan, queso, y el resto del café de la tarde—, Tomás se sentó al borde de la cama plegable, se quitó las botas, y se quedó mirando la ventana alta de vidrio esmerilado. El vidrio tenía una rajadura fina cortando la esquina superior izquierda. Debía de ser vieja. Anotar para cambiarla, pensó.
No rezó antes de acostarse. No rezaba desde hacía quince años, desde la noche en que Helena había salido rumbo al hospital con la panza lista de Mariana y había vuelto, tres días después, dentro de un cajón pequeño cuya tapa él había insistido en cerrar con su propia mano. No rezar se había vuelto, con el paso de los años, menos una decisión y más una ausencia: como el perchero de pie en el rincón, ahí, sin nada colgado. No dolía. Solo estaba.
Apagó la luz. Se acostó de lado, vuelto hacia la pared de la sacristía. Por un instante, en la oscuridad, le vino la imagen de las tres grietas de la pared del fondo de la capilla, allá arriba del cerro —tres rectángulos oscuros en un campo blanco encalado— y le pareció extraño que esa imagen viniera, justamente esa, entre todas las otras cosas que había visto ese día.
Se durmió antes de pensar más.
Allá arriba, en el descampado, la vela que el padre había encendido en el candelabro se había apagado hacía horas. El viento de fin de noche pasaba por el techo hundido, por el vidrio roto, por las tres grietas. Y la nota doblada en cuatro, que estaba metida bien adentro de una de ellas desde hacía nueve días, seguía ahí, esperando, con la paciencia simple de las cosas inanimadas, a ser encontrada por alguien que no creía en nada, pero que tenía buenas manos, y que dentro de tres días iba a abrir esa pared con el oído pegado a ella como quien escucha el corazón de un animal dormido.